domingo, 28 de febrero de 2010

Bruselas

Habré llegado ahí a las seis y media de la tarde. Subí al octavo piso y entré sin siquiera tocar. Saludé a los dos muchachos rápidamente y fui directamente a sentarme junto a aquella ventana que me gustaba tanto, desde donde se veía Tlatelolco distante y uniforme. Me dijeron que estaban cansados y se echaron a dormir en el viejo tapete de la sala.
Yo seguía mirando por la ventana, escuchando sus respiraciones y los suaves acordes de la música que venían de lejos. Conforme pasó el tiempo, la luna se asomó por encima del único edificio que había en los alrededores. Decidí prender las velas. Aquellas velas que poco a poco nos habíamos acabado en largas noches de vino y palabras.
Despertaron cuando encontré la última hoja de papel que nos quedaba. Comenzaron a hablar sobre los planes de la noche, al parecer todavía no se decidían sobre el lugar a donde ir. Me recargué en la pared y sentí la fresca brisa de la noche. Uno de ellos comenzó a dibujar, plasmando color y significado en el papel. El otro se levantó y caminó lejos, dejando su larga sombra detrás.

Suspiré y mi interior sonrió. De nuevo estábamos juntos.