martes, 13 de abril de 2010

Ocho, seis, diez cuerdas

La intensa luz se coló hacia las largas escaleras cuando abrí la puerta. El viento sopló y percibí los diversos olores del marcado, mezclados con el agua encharcada de los días anteriores. Salí y comencé mi camino; ya a esas horas los turistas salían de sus cuartos provicionales para pasar el día conociendo y girando la cabeza al cielo para admirar mejor la ciudad. Yo en cambio, miraba mis zapatos mientras caminaba deprisa, aún cuando no sabía a donde ir. En algún momento levanté la mirada y me encontré en una extensa calle que no conocía. Reparé en que llevaba casi media mañana sin mirar hacia enfrente y me pregunté porqué había sido así. Sabía que no era porque las estructuras me disgustaran o porque algún sentimiento que se albergara en mi me provocara a realizar este gesto. Mi mirada se perdió entonces en el infinito que me planteaba aquella angosta y empinada calle y me di cuenta de que finalmente estaba huyendo de aquél lugar del que nunca había querido despedirme...