martes, 2 de marzo de 2010

Ciudades del cielo

Una vez dentro del subterráneo, el ruido y el calor nos rodeó por completo. Estar ahí era casi asfixiante. Sin embargo, ella seguía abriéndose paso entre la gente. Yo la seguía, manteniendo mi mirada fija en su pequeño cuerpo, que trabajosamente apretujaba a las personas a su alrededor para llegar al fondo de aquél pasillo que parecía interminable. En algún momento, el tumulto de gente que nos rodeaba se dispersó para mostrarnos una escena completamente distinta. Ahora podíamos ver ante nosotros una larga hilera de camas, sobre las cuales se encontraban miles de cuerpos desnudos y sudorosos. El anterior ruido de miles de personas hablando se había visto ahora sustituido por largos suspiros y gritos que resonaban en las obscuras paredes del lugar. Ella siguió avanzando sin inmutarse, mirando siempre al frente para evitar verse afectada por la sofocante escena que se desarrollaban a nuestro alrededor. En algún momento, encontramos una angosta escalera que ascendía de las entrañas de aquél lugar. Nos dimos cuenta de que habíamos salido cuando la brisa acarició nuestros cuerpos. La noche se mostraba serena, pero completamente obscura. Dí un par de pasas y la alcancé para tocar su hombro. Ella se volvió y me miró profundamente. Su manó se alzó para alcanzar la mía y la rozó suavemente. No dijimos nada, pero ambos sabíamos que por el momento, estábamos a salvo. Después de unos momentos, ella sacó del morral que llevaba una manta para cubrirnos. Una vez envueltos en ésta, avanzamos juntos en dirección al mar. Cuando lo pudimos divisar, nos descalzamos y caminamos un largo trecho, observando el vaivén de las olas y las pequeñas embarcaciones de los pescadores de calamares nocturnos. Podía sentir su respiración y el calor de su cuerpo contra el mío. No me atrevía a hablarle, sabía que mi papel era acompañarla y protegerla. Quería evitar a toda costa confundirla, hacerla sentir algo que tal vez sin mi interacción no sentiría. En algún momento, cuando el cielo ya nos mostraba la claridad que anunciaba la salida del sol, nos encaminamos hacia una solitaria estructura que se alzaba entre otras tantas a su alrededor. Al entrar en ella, nos vimos envueltos en un sopor sofocante, causado por la humedad marítima del entorno. Ella avanzó, dejó los objetos que llevaba consigo sobre una gran mesa de madera a la entrada y se tumbó en una de las sillas tejidas de la estancia. Cerró los ojos y dio un largo suspiro. Yo la miré, la miré por horas observando aquellas partes de su cuerpo que salían de entre la stelas de su delgado vestido café. Al despertar, me miró de nuevo, pero esta vez sus ojos me decían algo más. Podía ver claramente que me necesitaba, que me quería de algpun modo que ninguno de los dos entendíamos. Se levantó y avanzó lentamente hacia mí y me abrazó, dejándome aspirar su deliciosa y fresca fraganca. Del mismo modo, la tomé entre mis brazos y la atraje aún más hacia mí, antrándola en mis entrañas, haciénsola parte de mí para fundir nuestras respiraciones en un ritmo perfecto e interminable.

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