jueves, 9 de septiembre de 2010

Los Muitles

En la calle de Muitles en el enredado pueblo de San Mateo Tlaltenango, pasa un río que tiene muchos años ya. Sus aguas antes cristalinas ahora fluyen enjabonadas y grises, abriéndose paso penosamente entre cientos de bolsas y recipientes plásticos. Ya ni siquiera tiene aquél sonido jovial que hace unos años todavía conservaba; y en los días de verano ya no ofrece su murmullo a los pasantes, si no que emite un hedor insoportable que viaja por las calles empedradas haciendo recordar su presencia. Aquél río está petrificado, suspendido en la época en la cual el respeto lo daba el amor por tierra. Ha perdido ya la fuerza que alguna vez lo impulsó a abrir su camino, por lo que las malas hierbas empiezan a crecer en sus orillas. Es en una de éstas, donde se encuentra un gran pino que creció alimentado de la pureza de las aguas que descendían desde las altas montañas. Este árbol creció nutrido de los caudales del río, y ahora sin alternativa se petrifica junto a él. Poco a poco sus hojas han ido perdiendo color y han disminuido en cantidad. Sus ramas se han decolorado hasta tan grado que en las noches de viento se mueven entre las sombras, haciendo crujir su blanca corteza. Quisiera poder estirarme y acariciar aquél gran tronco amigo que todos estos años me ha resguardado bajo su sombra, y así poder consolarle en estos últimos respiros de vida. Puedo sentir como poco a poco la vida se drena de sus raíces, pues las mías ya comienzan a sentir la putrefacción que éstas emiten. No sé cuánto tiempo más me quede a mí, pero desearía que cuando llegue mi fin, viaje hacia arriba. Muy arriba en las montañas donde el aire es puro y el agua fluye clara y en abundancia. Quisiera aterrizar de nuevo ahí y continuar con mi camino observando los pastos y flores silvestres crecer. Crecer ahí donde respirar todavía no se olvida y la magnificencia aflora en cada rincón en millones de formas distintas.

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