martes, 28 de septiembre de 2010
Espina de Robalo
Cansada de discutir sobre el color de los páneles que irían al inicio de la exposición, regresó a su oficina. Cerró la puerta, y tras abrir la ventana encendió un tabaco. Decidió que había sido suficiente, la responsabilidad que sentía por aquél trabajo la habían hecho quedarse más de lo debido. Miró un momento la gran explanada del museo que se vislumbraba vacía y emprendió el camino a casa. Una vez ahí, subió los cuatro pisos hasta su departamento y al encontrarse frente a la puerta esperó un momento. El largo y vacío pasillo se extendía a su izquierda y únicamente se escuchaba el eventual parloteo de un ave en alguno de los pisos superiores. Tras unos cuantos minutos, pudo observar por el rabillo del ojo una puerta que se abría y se cerraba lentamente. Una figura avanzó hacia donde se encontraba, pero ella se mantuvo quieta con la mirada al frente, clavada en los números dorados de su puerta. Cuando el hombre llegó a su lado, se detuvo. Su olor había ya inundado todo el pasillo y se colaba dentro de los recuerdos de ella. Cenizas de nostalgia que débilmente se sostenían. Sintió de golpe que estaba tranquila, al fin despreocupada. Entonces sacó las llaves de su desgastada bolsa de cuero negro y entró al departamento sin mirar atrás. Fue a la ventana y prendió un cigarrillo al tiempo que escuchaba la puerta cerrarse suavemente. Al fin, después de escuchar aquellos pesados pasos avanzar hacia ella se giró y lo enfrentó. Era todo aquello que ella siempre había amado; el olvido, el insomnio, las colillas solitarias y el café constante. Poco a poco, mientras la tarde se alejaba y el tabaco se quemaba, se fundió con aquella parte de su vida que todavía se negaba a aceptar.
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