martes, 28 de septiembre de 2010
Semillas de algodón
El piso estaba frío y las voces comenzaban a aumentar poco a poco. Con la mañana despuntando, la gente comenzaba a arremolinarse en la estación y los trenes comenzaban a llegar. Las grandes lámparas amarillas que colgaban del techo se estremecían cada vez que un nuevo vagón arribaba cada cinco, diez, quince minutos. La puertas de madera de la estación se abrían continuamente y veía como cada vez la luz era más intensa. Sabía que tenía que esperar aún más, pero no sabía cuanto. El bullicio de las personas se acrecentaba y muchos al pasar me golpeaban con sus maletas o paquetes. Yo me mantenía inmóvil, envuelta en mi cobija de lana azul, esperando. Los policías que montaban guardia al lado de cada puerta me miraban fijamente y yo intentaba evitar sus miradas a toda costa. Paulatinamente, la luz que entraba por las puertas se volvió cada vez más anaranjada hasta que dejó de entrar por completo. El recinto quedó entonces en total silencio y el ambiente olía a polvo, madera, sudor y a humores de todo tipo. Para ese entonces me sentía ya abandonada, traicionada. No sentía el haber esperado tanto tiempo, pero me entristecía el saber que no tenía a donde ir. Me levanté, desentumiendo por fin mis piernas y recorrí el lugar entero a paso lento. Las ventanillas vacías, las luces apagadas casi en su totalidad (excepto por unos cuantos focos que todavía irradiaban calor), las enormes paredes de madera, los pisos marmolados y sucios, y aquellos túneles vacíos y obscuros. Decidí entonces que debía salir para no dejar que la tristeza y la soledad me llevaran consigo. Con gran esfuerzo, subí las largas y desgastadas escaleras y empujé una de las grandes puertas labradas para salir a una larga calle empedrada en la que caía una torrencial lluvia. Caminé por mucho tiempo, hasta que sentí que perdía la realidad. Me dejé entonces caer junto a un gran árbol y me dormí aspirando el dulce aroma de su corteza, perdonando a aquél que de mí se había olvidado.
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